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Jose Dzul

La limpieza de un leproso

Matthew 8:1-4
Jose Dzul October, 2 2022 Video & Audio
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Jose Dzul
Jose Dzul October, 2 2022

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Vamos a buscar una de las Biblias
en el libro de Mateo capítulo ocho. Quiero que meditemos sobre la limpieza del leproso. Capítulo ocho del libro de Mateo. Versículo 1 hasta 4. Nos dice
así la palabra de Dios. Cuando descendió Jesús del monte,
le seguía mucha gente. Y aquí vino un leproso y se postró
ante él, ante Jesús, diciendo, Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó,
diciendo, Quiero ser limpio. Y al instante su lepra desapareció. Entonces Jesús le dijo, Mira,
no lo digas a nadie. Si no ve, muéstrate al sacerdote
y presenta la ofrenda que ordenó Moisés para testimonio a ellos. Quiero que pensemos en esta mañana
sobre la limpieza de un leproso. La lepra La lepra física representa o
simboliza el pecado de nuestro corazón, el pecado de nuestra
alma por naturaleza. En los días del Señor Jesucristo,
la lepra era incurable. era incurable y el leproso tenía
que salir del pueblo de Israel. Él no podía estar allá porque
era un leproso, estaba contaminado, era un hombre inmundo, sucio. Este pobre hombre no podía participar
en los cultos de sábado. Está fuera. Él tenía que vivir
lejos de su familia, de sus hijos. tenía que vivir en el monte y,
por tanto, estaba condenado a la muerte. Era triste la vida de
un leproso en aquellos días. Este hombre leproso es típico
de cada uno de nosotros por naturaleza. Porque por dentro espiritualmente,
por naturaleza, estamos llenos de lepra espiritual, de pecado. Nuestra alma por naturaleza está
llena de pecado por naturaleza. Entonces, este hombre es un tipo
del pecador de este mundo. El pecador de este mundo, por
naturaleza, está sin Dios y sin Cristo en este mundo, sin esperanza. Así estaba la condición de este
leproso. El pecado, el carácter del pecado
es es abominable, es destructivo. El pecado es contagioso, como
la lepra en aquellos días. Y también el pecado es incurable
por el hombre, por la religión, El hombre no puede hacer nada
por sí mismo para curar sus pecados. La religión no puede hacer nada
para curar sus pecados. No hay nada en este mundo que
pueda curar nuestros pecados por naturaleza. Por naturaleza. Ahora, tengo esta pregunta hoy
en esta mañana. ¿Es necesario? ¿Es necesario
estar limpio para estar delante de Dios? ¿Es necesario estar limpio? ¿Es necesario que usted esté
limpio de pecado para que pueda estar delante de Dios? Esto no
es estar delante de un juez de este mundo. Esto no es estar
delante de una autoridad humana en este mundo, sino es estar
en la presencia del Dios tres veces santo. Esto es estar en
la presencia del Dios justo, que no puede mirar el pecado. Que no puede mirar el pecado.
El Señor Jesucristo dijo así estas palabras. Si no estás limpio,
no puedes tener parte conmigo. Entonces, es vital. Es importante,
es necesario que usted y yo seamos limpios de toda impureza pecaminosa,
seamos limpios de pecado para que podamos estar delante de
la presencia del Dios Santo, Santo, Santo. ¿Qué tan santo, otra pregunta,
qué tan santo debe ser el pecador para estar delante de Dios? ¿Qué tan santo? Los fariseos
ellos pensaron que son ellos la gente santa. porque ellos cumplían las cosas
de la religión. Ellos cumplían los ritos, las
ceremonias, se ponían en las calles para orar, hacían largas
oraciones. Y ellos pensaron que era la gente
santa. Jesús dijo, si vuestra justicia
no es mayor que la justicia de los fariseos, ustedes no van
a entrar en el reino de Dios. Esa gente estaba confiando en
sus hechos, en sus obras de justicia para estar delante de Dios. ¿Qué
tan santo debe ser el pecador para estar delante de Dios? El pecador, para que esté delante
de Dios, debe tener la santidad del Señor Jesucristo. Debe tener la santidad del Señor
Jesucristo. Sin santidad, nadie verá al Señor. Cada hombre y mujer que está
en esta mañana debe ser santo para estar delante de Dios. Y esta santidad solamente es
por el Señor Jesucristo. Por nadie más, sino solamente
por Cristo. Vuelvo a repetir lo que Jesús
dijo. Si no estás limpio, no puedes
tener parte conmigo, dijo el Señor Jesucristo. A Pedro. A Pedro. Ahora, vamos a ir viendo
algunas cosas en este texto, en el libro de Mateo capítulo
ocho. Primeramente vemos la humildad
de este leproso. Este leproso aprendió la humildad. Primero aprendió a ser humilde
para venir a la presencia del Señor Jesucristo. Es la primera
lección que debemos aprender. Ser humildes delante del Señor. Nosotros no somos nada ni nadie.
y debemos aprender a ser humiles. Las Escrituras dicen que Dios
pasa por alto. a los orgullosos, a los altivos,
y da gracia a los humildes. Ahora, este hombre, este hombre
vemos la humildad de este leproso. Dice, se postró ante él. Este hombre tomó esta actitud
correcta de postrarse, humillarse delante del Señor Jesucristo. Esto es lo que debemos de hacer
todos nosotros. Ser humildes ante el Señor. Este hombre, cuando tomó esta
actitud, él está diciendo que el Señor Jesús es el Señor de
señores y Rey de reyes. Por eso se puso de esta manera,
este hombre, postrándose al Señor adorándolo de esa manera. No hay lugar para el hombre para
exaltarse y presentarse ante Dios. Así no. Tenemos que ser
humildes. Todo hombre, todo el mundo debería
de doblar su rodilla ante el Señor en esta vida. Si no lo hizo en esta vida, en
el último día lo va a hacer. Lo va a hacer. Va a confesar que Jesús es el
Señor para gloria de Dios. Pero eso no es para huir de la
ira de Dios. Eso no es para recibir misericordia. Eso no es para recibir perdón. es solamente un reconocimiento
de quien es Cristo. Y luego viene la ira de Dios
sobre todos aquellos que no doblaron su orgullo, su altivez ante el
Señor Jesucristo. Otro asunto que aprendemos aquí
es que este hombre leproso vino a Jesús. Este hombre aprendió muchas cosas. Y nosotros también. Dice la Biblia
que Dios va a enseñar a sus hijos. Va a enseñar a sus hijos. Y este
hombre aprendió. Él vino a Jesús. Él vino a Jesús. Él no vino a la religión. Este
hombre no vino al sacerdote. Este hombre no vino a la ley.
Este hombre no vino a los ritos ni a las ceremonias. Él no vino
a los sacrificios. Él vino directamente a Jesús. Hoy en día, ¿cuántas personas
van al sacerdote, van a la religión? van a los ritos y ceremonias,
van a la ley para buscar remedio por sus pecados. Ahí no hay remedio,
hermanos y amigos. Ese no es el lugar del remedio
por el pecado. No es. La ley no fue dada para
limpiar nuestros pecados. La ley no fue dada para tener
misericordia de nosotros. La ley no fue dada para justificarnos,
santificarnos. La ley fue dada por Dios para
mostrar nuestros pecados. La ley fue dada para condenarnos
porque hemos abrogado por naturaleza la santa ley de Dios. Pero este
hombre aprendió, aprendió que él debía de venir a Jesús, nada
más. Aprendió. Y nosotros debemos
aprender esta lección que este hombre aprendió. Nosotros debemos
aprender que en ningún otro hay salvación, porque no hay otro
nombre debajo de los cielos dado a los hombres en que podamos
ser salvos. Dios ha señalado únicamente a
su Hijo amado para salvar a todo aquel que se arrepiente y cree
en el Señor Jesucristo. Dios ha señalado a su Hijo. Los que aborrecen al Hijo, dan
la espada al Hijo, no tienen esperanza. No tienen esperanza. Ahora, otra lección que aprendemos
en esto es la confesión del leproso. La confesión del leproso. Él dijo, Señor, si quieres, puedes
limpiarme. ¿Qué confesión hizo este hombre? Él está diciendo, Señor, Señor
quiere decir amo. Jesús, Tú eres nuestro amo, Tú
eres el amo. Dios no es nuestro siervo, Él
es el amo, es el Señor. Nosotros somos pobres pecadores
que no tenemos nada. Pero este hombre reconoció el
señorío y la supremacía del Señor Jesucristo. Él está diciendo,
Señor, no depende de mi querer el limpiarme, sino depende de
tu querer el limpiarme. ¿Cómo aprendió este hombre esta
lección? Nosotros debemos aprenderlo.
Nosotros debemos aprender que no depende del que quiere ni
del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. El Señor dice, tendré misericordia
del que yo tenga misericordia. Me compadeceré del que yo me
comparezca. Qué precioso. ¡Qué precioso! El Dios de la
Biblia no es como el Dios de los pensamientos de los hombres. Él está por encima de todas las
cosas. El Dios de las Escrituras. Él ama al que quiere amar y abandona
al que quiere abandonar. Él llama al que quiere llamar
y abandona a aquel que quiere abandonar. Este hombre hizo esta confesión
diciendo, Señor, si quieres, puedes limpiarme, puedes limpiarme. Todo el favor de Dios, todo el
favor de Dios depende del querer de Dios. depende de la bondad
y misericordia de Dios todo el favor de Dios nosotros no tenemos
nada nada por lo cual reclamar la misericordia o la bondad de
Dios no, somos miserables por naturaleza nosotros somos como
Mefiboset espiritualmente, sin poder de
hacer algún bien a nuestro favor, sin poder de buscar a Dios. El
Señor en su bondad y misericordia en Cristo Jesús, Él nos busca
cuando nosotros no lo buscamos. Él nos halla cuando nosotros
no nos interesa. Pero el Señor es grande en misericordia. y su misericordia son nuevas
todos los días, todos los días, todos los días. Ahora, otra lección
que aprendemos es la fe del leproso en el poder del Señor Jesucristo,
la fe del leproso en el poder de Cristo. Este hombre dijo,
Señor, si tú quieres, puedes limpiarme. Él está diciendo,
Señor, si tú quieres, puedes. Él creyó que Jesús podía limpiar
su lepra. Él vino convencido de que Jesús
sí podía limpiar su lepra, pero no depende de él, sino depende
del Señor Jesucristo, si él quiere, si él quiere. Ahora, este hombre
está diciendo, Señor, si tú quieres, puedes limpiarme. Tenemos que
recordar que toda potestad le ha sido entregado a nuestro Señor. Potestad en el cielo, potestad
en la tierra. Él tiene todo en sus manos. Le ha sido entregado por su Padre
todas las cosas. Y Él es quien gobierna este mundo. Él es quien hace todas las cosas
en cumplimiento. en cumplimiento. Vamos a leer
un texto en el libro de Hebreos capítulo siete en su versículo
veinticinco. Este hombre está diciendo, señor,
si tú quieres, puedes. Él no está diciendo, señor, si
tú quieres, a ver si puedes. Él no dijo, a ver si puedes.
Él dijo, si puedes, si puedes. Algunos dicen, si tú no abres
tu corazón a Cristo, Él no puede. Ese es un Cristo pobre. Eso es un Cristo miserable, impotente. Pero el Cristo de
las Escrituras está diciendo, puede. Puede. Nunca, el Dios de las Escrituras
nunca dice, déjame que yo te salve. Deja que yo entre en tu
corazón. El Señor puede abrir los corazones. El Señor puede abrir la mente.
El Señor puede abrir los ojos del entendimiento. El Señor puede
abrir los oídos para que escuchemos Su voz. ¡Él puede! ¡Él puede! Dice el texto, Hebreos
capítulo 7, versículo 25, dice así, por lo cual puede también salvar,
ahí está la palabra, puede también salvar perpetuamente a los que
por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Nuestro Dios está sentado a la
diestra de Su Padre. Desde allí, con Su presencia,
está intercediendo por todos aquellos que están creyendo en
Él. y dice, vive para siempre. Nuestro mediador, intercesor,
vive para siempre. Nunca va a morir. Nunca va a
dejar de ser. Él vive para siempre. Pero está
diciendo, está diciendo, por lo cual puede también salvar
perpetuamente, salvar para siempre a los que vienen a Dios por medio
de Él. Él puede. Él puede. Ahora, primero, Jesús, Él puede
cambiar tu corazón, darte un corazón de carne, darte un corazón
nuevo y un espíritu nuevo. El Señor puede. Tú no puedes. Yo no puedo cambiar mi corazón. Tú no puedes cambiar tu corazón.
Tú no puedes darte un corazón nuevo y un espíritu nuevo, pero
el Señor dice, yo puedo. Lo que tú no puedes hacer, yo
puedo hacerlo por ti. Tengamos confianza, hermanos.
Pecador, ten confianza en el Señor. El Señor puede salvarte. El Señor puede limpiarte. Tú
no lo puedes hacer. La religión no lo puede hacer.
Pero Cristo está diciendo, yo puedo hacerlo. Yo puedo hacerlo. El Señor puede hacer que el pecador
nazca de nuevo. Él de su voluntad nos hizo nacer
por la palabra de verdad. Si alguno está en Cristo Jesús,
nueva criatura es. Él puede hacer que el pecador
o los pecadores nazcan de nuevo. Tú no puedes hacerte una nueva
criatura. porque no es de la voluntad del
hombre, no es por el querer del hombre, sino por la voluntad
soberana de Dios. Los hijos de Dios son engendrados
por Dios, no por la religión, ni por las aguas del bautismo,
sino por el Espíritu Santo de Dios. Este hombre está diciendo, Señor,
si tú quieres, puedes. Jesús puede darte vida espiritual. En tu estado natural estás muerto
espiritualmente. Estás sin vida espiritual. Estás alejado de Dios. Pero el
Señor Jesucristo, Él nos dice que Él puede dar vida espiritual,
hacer que el pecador muerto espiritualmente resucite espiritualmente. La religión no puede hacer eso.
No confíes en la religión, confías solamente en el Señor Jesucristo. Este hombre está diciendo, Señor,
si tú quieres, puedes. Jesús puede limpiar tu alma de
todos tus pecados. Los ritos no lo pueden hacer.
Las ceremonias no pueden hacerlo. La misa no puede hacerlo. Los
rezos no lo pueden hacer. Los que creen en el purgatorio,
ese purgatorio que ellos se imaginan, no puede quitar los pecados.
Pero Jesús puede. Jesús puede. Confía en Él. No confíes en ti. No confíes
en la religión. Confía en el Señor Jesucristo.
El Señor puede justificarte. santificarte, lavarte, limpiarte
y perdonarte. El Señor puede hacer toda esta
obra de salvación en todos aquellos que están creyendo en Él. Nunca debemos Nunca debemos olvidar
que Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. Aquel, aquel Dios
que el mar rojo, para que el pueblo
de Dios pasara al otro lado del mar, es este mismo Dios que puede
limpiarte de todos tus pecados. Él no ha cambiado, es el mismo
Dios, es el mismo Dios. El mismo que levantó a Lázaro
de la tumba hace cuatro días muerto, es este mismo Jesús hoy
en día. Es el mismo Jesús que te dice,
yo puedo quitar tus pecados, yo puedo justificarte, yo puedo
santificarte, yo puedo perdonarte. Puedes volver a tu casa sano
y salvo espiritualmente. Ahora, otra cosa que aprendemos
de esta historia es la limpieza del leproso. Este hombre dijo,
Señor, si tú quieres, puedes limpiarme. Ahora, Jesús dijo,
quiero. Se limpió. Al instante, la lepra
desapareció. El Señor dijo, quiero. Quiero
limpiarte. ¿Quién ha venido al Señor Jesucristo
y ha sido rechazado? ¿Quién ha venido y no ha sido
recibido? ¿Quién? Él mismo dijo, todo lo que el
Padre me da viene a mí. Al que a mí viene, no lo echo
fuera. ¿Quién ha venido a Jesús y ha
sido pateado, ha sido rechazado. Nadie. Si tú vienes con fe en
el Señor, si tú vienes creyendo en su persona y en su obra consumada
en la cruz, el Señor te va a recibir. Si vienes como este leproso,
creyendo que tienes necesidad de ser limpio de todos tus pecados,
el Señor te va a recibir. El Señor te va a limpiar de todos
tus pecados. Dice, el Señor dijo, quiero ser
limpio. Al instante la lepra desapareció. Es por el querer de Cristo que
este hombre fue limpio de su lepra. Es por el querer, es por el deseo
del Señor que nos conoció de antemano y nos predestinó para
la vida eterna. Es por el querer del Señor, no
es por nuestro querer, sino por su querer. Él quiso en sí mismo
conocernos, y nos conoció en la eternidad, nos amó en la eternidad,
y nos predestinó para que seamos conformados a la imagen de su
Hijo, el Señor Jesucristo. Es por su querer. Nunca debemos
pensar, es porque yo quise. Jamás. No, es porque el Señor
quiso. Es porque el Señor quiso. Es por su querer, por el querer
de Dios. No se escogió. No se escogió
desde el principio para la salvación. no es por nuestro querer, sino
por el querer soberano de Dios. Él quiso escogernos en la eternidad
para que seamos su pueblo amado, para que seamos su pueblo redimido,
para que podamos estar con él en la gloria. Es por su querer
no por el querer humano, sino por el querer libre y soberano
del Señor. Este hombre está diciendo, Señor,
si tú quieres, puedes limpiarme. Y el Señor le dice a este hombre,
sí quiero, sí quiero limpiarte. Es por su querer que nos regeneró. Es por el querer, por la voluntad,
por el deseo de Dios, Él quiso regenerarnos para que seamos
de su familia, para que seamos sus hijos. Juan dice, ahora somos
hijos de Dios. Ahora, no mañana. no después de la muerte, sino
ahora mismo, hoy mismo, en este momento. Todos los que confiamos
en Cristo somos hijos de Dios. ¡Qué maravilla! ¡Qué maravilla! Ser Hijo del Altísimo. Ser Hijo
del Altísimo. Por su querer nos regeneró. Por
su querer nos llamó. Por su querer nos justificó.
Por su querer nos santificó. Por su querer nos limpió de todos
nuestros pecados. Por su querer nos perdonó. Por su querer nos ha dado su
gracia abundante que está en el Señor Jesucristo. Por su querer
estamos en el Señor Jesucristo, el cual nos ha sido hecho por
Dios nuestra sabiduría, nuestra justificación, nuestra santificación
y nuestra redención. Es por el querer del Dios soberano
que estamos en Cristo Jesús. No es por nuestro querer. Yo
no quise. Yo no quiero por naturaleza,
pero el Señor me amó. Antes de que yo lo ame, me amó
cuando yo era enemigo suyo, me amó cuando yo lo aborrecí. Cuando no lo quería, cuando lo
rechazaba. Pero él me amó. por su pura gracia,
por su pura misericordia, mi amor. Y todos los que estamos
en Cristo, estamos por causa de Dios. Por causa de Dios, estamos
en el Señor Jesucristo. Este hombre está diciendo, Señor,
si tú quieres, puedes limpiarme. Y el Señor le dice a este leproso,
sí quiero. Sí quiero. Dios no quiere la
muerte del impío. Dios no se alegra por la muerte
de un impío. Un impío es uno que no crea a
Dios, que rehúsa arrepentirse y creer en el Señor Jesucristo. Nosotros debemos saber que Dios,
cuando muere un impío, el Señor no se está gozando, no se está
riendo. No. El Señor en su palabra dice,
quiero la muerte del impío. No. Dios no quiere la muerte
del impío. Dios nunca escogió a nadie para
el infierno. Dios nunca escogió a ninguna
criatura de este mundo para que vaya al infierno. Nunca lo hizo
Dios. Nunca. El hombre natural, el
hombre perdido por la dureza de su corazón, no arrepentido,
se encamina él mismo hacia el infierno. Es el hombre mismo
que escoge y sigue y llega al infierno. No es por causa de
Dios, sino por la ruina del hombre es por su causa. El hombre está
arruinado por su causa, no por causa de Dios. No por causa de
Dios. Dios nos dice que cada hombre
y mujer debe arrepentirse de sus pecados y creer en el Señor
Jesucristo y ser limpio delante de Dios. Ahora, una cosa más,
una cosa que aprendemos, el poder de Cristo para limpiar. El poder
de Cristo para limpiar. El Señor dijo, sé limpio. Al instante la lepra se fue. Al momento la lepra se fue. Nosotros debemos saber que la
sangre del Señor Jesucristo es tan poderosa para quitar nuestros
pecados, para limpiarnos de todo pecado. La sangre de Jesucristo,
el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado. La sangre no nos limpia del pecado
más pequeño. La sangre de Cristo no nos limpia
del pecado insignificante. Él nos limpia, la sangre nos
limpia de todos nuestros pecados. De todos nuestros pecados nos
limpia la sangre del Señor Jesucristo. pecados pasados, pecados presentes,
pecados futuros. Somos limpiados por la sangre
del Señor Jesucristo. Los rezos no pueden limpiar los
pecados. Oíganlo. Los rezos, la misa,
el purgatorio, que es una suposición nada más, no puede quitar los
pecados de todos aquellos que están confiando en esas mentiras. Pero aquí hay buenas nuevas.
El Señor dice, quiero ser limpio. El Señor dice, quiero limpiarte.
Quiero limpiarte. Si no vienes a Cristo, estás
mostrando que no quieres. Porque el Señor dice, quiero.
Yo quiero limpiarte. Y si tú no vienes, estás mostrando
tu enemistad a Él, tu rechazo a Él, tu odio en Él. No quieres venir para que tengas
vida. Es una señal del rechazo, de
la enemistad del corazón. El Señor dice, quiero que seas
limpio, que seas limpio. La sangre de Cristo es tan poderosa
para limpiar todos nuestros pecados. Imagínate, piensa esto en un
momentito. Este ladrón que fue salvado ahí
en la cruz por el Señor Jesucristo. ¿Cómo estaba el alma de este
ladrón, este hombre que se estaba muriendo en ese momento? ¿Cómo
estaba su alma? Tan sucio, ¿verdad? Tan sucio. Es un ladrón, un malhechor, un
asesino. Tenía su alma tan sucia. En ese momento, en esa cruz,
el Señor lo limpió de todos sus pecados. ¿No es maravilla esto? ¿No es una maravilla de la gracia
de Dios? ¿No es una maravilla de la sangre
del Señor Jesucristo? Lavando, quitando los pecados
de un inútil, impío, como este ladrón, como yo, como usted,
¿No es una maravilla? Ahí en la cruz, este hombre ladrón
fue limpio de todos sus pecados. ¿Cómo lo sabemos? Este hombre,
este hombre, el puro experimentar en la cruz, la salvación que
el Señor le había dado. Él lo experimentó en la cruz,
este hombre. Este hombre experimentó que el
Señor lo había perdonado, lo había limpiado de todos sus pecados,
de todas sus culpas. Ahora le dice al Señor, Señor,
acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. No me olvides, Señor. ¿Qué? Qué hombre, ¿verdad? No me olvides, Señor. Hermanos,
eso debe ser nuestra oración. Señor, no me olvides. Sabemos
que el Señor no nos va a olvidar nunca, pero debe ser nuestra
petición. No me olvides, Señor, para que
yo no te olvide. No me olvides para que yo no
te olvide. Nosotros, los seres humanos,
Pronto nos olvidamos de Dios. Pero Él nunca se olvida de nosotros. Nunca. Ahora, este hombre está
diciendo, Jesús, cuando vengas a establecer tu reino aquí en
este mundo, acuérdate de mí. Y el Señor le dice, de cierto,
de cierto, te digo que hoy, no mañana. No mañana, hoy. vas a estar conmigo
en el paraíso. ¿Por qué? Es un desgraciado ladrón,
pero en la cruz este hombre fue limpiado. de todos sus pecados
por la sangre preciosa del Señor Jesucristo. El Señor nos dice
hoy en la mañana, sí quiero y puedo limpiar todos tus pecados. Ser limpio delante de Dios es
tener una buena esperanza. ¿No quieres tener esta buena
esperanza? Si quieres tener y gozar esta
buena esperanza, debes venir con fe en el Señor y ser limpio
de todos tus pecados. La sangre del Señor Jesucristo
hace desaparecer todos nuestros pecados. Es como este hombre cuando a
Jesús le dijo, quiero ser limpio. En ese mismo momento, la lepra
se fue, desapareció. De igual modo, cuando el Señor
nos limpia de todos nuestros pecados, nuestros pecados desaparecen. ¿Es posible esto? Sí, hermanos,
sí. Sí. Si no fuera posible esto,
¿qué esperanza tenemos? Yo no sé si puedo despertar mañana. Yo no lo sé. ¿Y qué esperanza
tengo? ¿Qué esperanza tengo? Si todavía
hay pecado en mi alma que no está limpiado, no puedo estar
delante de la presencia de Dios. ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Nadie
puede! Pero la sangre de Jesucristo,
el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado. De toda clase de
pecado. nos limpia, nos hace limpios
delante de Dios. Y Dios no ve, no mira en aquellas
personas que están confiando en Cristo. Dios no ve pecado
en ellos. ¿Cómo es posible esto? Yo soy
un pecador todavía. Soy un pecador, peco. Hay que confesar, debemos confesar
que somos pecadores en este mundo. Si no lo hacemos, nos engañamos
a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Aunque somos pecadores en este
mundo, pero pecadores limpiados. Pecadores con esperanza de estar
con el Señor. La sangre de Cristo hace desaparecer
nuestros pecados y Dios no ve. Pecado donde la sangre de su
Hijo ha quitado el pecado. Dios no ve pecado allá. ¿Qué
dice la Biblia? ¿Qué dice la Biblia? Juan dice,
pues como él es, pues como Cristo es, como Cristo es, así somos nosotros en este mundo. Así como Cristo es, así somos
nosotros en este mundo. Cristo es sin pecado, sin mancha,
sin defecto. Todos los que estamos en Cristo. Todos los que estamos en Cristo,
confiando en Cristo, lavados con la sangre del Señor Jesucristo,
hermanos, somos limpios de todo pecado y tenemos la esperanza
Tenemos la buena esperanza de estar en la presencia de Dios. No solamente estamos aquí en
la presencia de Dios, pero estar en el cielo, en la presencia
de Dios, donde nuestros hermanos, que ya no están con nosotros,
ellos están en la presencia de Dios, lo cual es muchísimo mejor. Que Dios les bendiga.

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